Con profunda gratitud, queremos compartir lo que Dios hizo en las montañas de Ocosingo, Chiapas, los días 27 y 28 de marzo.
No fue una cruzada al uso. Fue una obra de Dios en los pueblos.
Empezaron a llegar personas de diferentes partes de la región. Se reunieron personas procedentes de más de 39 comunidades y cuatro ciudades diferentes con un único propósito: encontrarse con Jesús.
Algunos viajaron seis, siete e incluso ocho horas. Algunos condujeron más de doce horas… otros vinieron andando desde sus pueblos.
También vimos llegar a gente de Quintana Roo, Guatemala y el estado de Puebla.
El anhelo de Dios era evidente. Se podía sentir. Más de 7.200 personas se reunieron cada noche durante esos días, en los que Dios actuó de manera poderosa.
Noches de salvación, sanación y libertad
El Evangelio se predicó con claridad y fuerza.
Y Jesús fue glorificado.
Vimos cómo se salvaban vidas.
Vimos cómo se sanaban corazones.
Vimos cómo la gente se reconciliaba con Dios.
Un testimonio que lo dice todo
Entre tantos milagros, hubo uno que conmovió profundamente a todos. Una niña de un año y medio había sufrido una grave caída y se había golpeado la cabeza. Entró en coma crítico y permaneció en ese estado durante una semana. Los médicos fueron claros: en su estado —inmóvil y conectada a un respirador— solo le quedaban unos pocos días de vida.
En medio de esa situación, el evangelista Elías Annacondia oró por ella por teléfono. Y Dios intervino.
Al día siguiente, la niña empezó a moverse. Empezó a responder. Empezó a hablar. Pasó de estar en coma crítico… a un estado de recuperación. Tres días después, le dieron el alta del hospital.
Jesucristo obró un milagro, no solo en la niña, sino en toda su familia.
Más allá de lo visible
Lo que ocurrió en Ocosingo no se limita a aquellos días.
Creemos que Dios ha encendido algo en la región.
Una fe viva.
Una Iglesia activa.
Un pueblo transformado.
Esto no acaba aquí. Esto es solo el principio.
Jesucristo vive… ¡y sigue transformando vidas hoy en día!




















